Centauros

CENTAUROS

Su nombre oficial es el de Sección Especial de Reacción y Apoyo (SERA) pero por la emisora interna se identifican como ‘centauros’ “Nosotros elegimos esta criatura mitológica porque es un guerrero, igual que nosotros, y denota fuerza y velocidad, que son nuestras características”.

Esta unidad comenzó a trabajar, por casualidad, el 11 de Marzo de 2004. Está compuesta por alrededor de 100 policías repartidos en tres grupos. Trabajan de 22:00 a 7:00 de la mañana. Desde entonces, cada noche salen unas veinte patrullas para vigilar los “excesos” de la capital, con algunos refuerzos para los fines de semana. “Los viernes y sábados hay más reyertas sobre todo por alcohol y drogas” Controlan toda la ciudad, no descuidan ningún distrito ni punto conflictivo. A través de las radios siempre saben lo que ocurre. Su ámbito de trabajo es amplio, y una de las finalidades que tienen es prevenir la delincuencia. Para ello, incordian a los sospechosos, les crean sensación de inquietud. Cada noche suelen hacer una redada en los bares que frecuentan los aluniceros, los traficantes y los ladrones. Según cuentan sus propios integrantes, cuando comenzaron a patrullar la noche madrileña era una locura en la que cabía encontrar de todo, pero gracias a su trabajo y al de otras unidades de la Policía ahora está mucho más tranquila.

A las nueve de la noche, los ‘centauros’ se reúnen en la Comisaría de Moratalaz. Allí reciben un ‘briefing’ qué les espera durante la jornada, que puede durar hasta 14 horas, aunque no suele superar las 10. Hay tiempo de una cena breve antes de salir, pero con el transmisor pegado a la oreja

¿Qué es lo que se encuentran estas patrullas en sus rondas por Madrid?: Pequeños robos con arma blanca, bandas de ‘skin’ y ‘latin kings’ y zonas conflictivas como Tetuán y el distrito de San Blas

Uno de los robos a los que se enfrenta esta unidad es el “alunizaje”. Los ladrones sustraen un coche rápido, normalmente de gama alta, y lo empotran contra un establecimiento. Entran, se llevan el dinero y se dan a la fuga por alguna vía rápida cercana. Con estos coches y la rapidez del robo, es difícil cogerlos. “Dependemos mucho de la información del ‘cóndor’, que nos va guiando para seguir a este tipo de cacos”. El ‘cóndor’ es el helicóptero policial que ayuda a estos agentes en su labor.

Los ‘centauros’ no están toda la noche patrullando dentro de sus coches. También planean operaciones como las redadas. Un agente de paisano busca sitios conflictivos, como bares o discotecas, entra, toma una copa e informa de lo que pasa. Si la situación es muy exagerada, podemos entrar en el mismo momento, basta con planear la operación y valorar cuántos agentes hacen falta para el registro. En estas operaciones, suelen identificar a muchos ‘sin papeles’ y a ‘camellos’. Imagen ImagenImagen

Se trata de un trabajo peligroso. Cuando realizas una operación que está planificada no suele haber problema porque sabes a lo que vas y a lo que atenerte. Lo peor surge cuando más confiado vas y menos te lo esperas. “Por eso yo siempre llevo esto” dice enseñando el chaleco antibalas que lleva camuflado bajo la chaqueta.

A pesar de lo que podría pensarse, los ‘centauros’ creen que Madrid “para lo grande que es, puede considerarse una ciudad segura”. Hay robos y vandalismo, pero en general poca violencia. Eso sí, por tranquilas que estén las cosas nunca se puede saber a ciencia cierta cómo va a ser la jornada. Hay noches que te las pasas en blanco y otras que son muy movidas, porque éste no es un trabajo cuadriculado.

CENTAUROS: GUARDIANES DE LA NOCHE

Mientras la ciudad duerme, ellos se juegan el tipo. Están preparados para enfrentarse a todo. Son los centauros. una brigada, única en españa, que patrulla el madrid nocturno. Un equipo de XLSemanal ha sido testigo durante una jornada de los riesgos a los que se enfrenta esta profesión de vértigo.

El inspector jefe, me informan, me recibirá en unos minutos. «Espéralo aquí.» Estoy en una pequeña oficina de la cuarta planta de uno de los edificios antiguos del complejo policial de Moratalaz. Cada poco tiempo, alguien se asoma o entra. Algunos saludan; otros –más tímidos que descorteses–, no. Recorro con la vista el sitio y descubro en un rincón una caja llena de bates, estiletes, palos, hachas y otras armas blancas incautadas. Asusta pensar que en el Madrid que brilla tras la ventana haya gente portando semejantes cosas. En una pizarra, clavados con chinchetas, varios recortes de periódico, expedientes, fotos de personas buscadas, y más allá, adherido a un armario, un texto sin firma titulado Perfil del policía.

Mientras espero, leo: «Un policía debe ser una mezcla de todos los hombres: un santo y un pecador, un golfo y un dios. Es el más buscado y el menos deseado de los hombres. Un ser extraño al que se llama `señor´ de frente y `perro´ por la espalda, tan diplomático como para poder mediar entre dos individuos haciendo creer a cada uno que ha ganado, capaz de sostener una pelea con dos hombres más fuertes y más jóvenes que él sin dañar su uniforme y sin ser `brutal´. Tiene que tomar, además, una decisión en un instante, cuando la misma cuestión le llevaría meses a un abogado, y ser un experto en el manejo de las armas de fuego, capaz de sacar una a la carrera y alcanzar el objetivo allí donde no le haga un mal grave. A continuación, explicar exhaustivamente por qué ha disparado». «¿Tú eres el periodista?» Alguien ha hablado a mi espalda. Me giro y nos presentamos.

Paco es el inspector jefe del Grupo II de los Centauros, la Sección Especial de Reacción y Apoyo de la Policía Nacional de la Jefatura Superior de Madrid: una brigada nocturna, única en España, integrada por 100 hombres repartidos en tres grupos de 30, que van turnándose, para patrullar la capital entre las diez de la noche y las siete de la mañana. «Perdona», me dice, y se dirige a alguien que pasa por el pasillo: «Tú y Fernando no os cambiéis, que hoy vais de paisano». Uno a uno, los centauros van llegando desde sus casas, dejando atrás sus vidas y, acaso, la sonrisa de un niño y de una mujer. Me sorprende pensar en esto sin esfuerzo profesional: detrás de la leyenda de hombres fríos y solitarios que arrastra este Cuerpo, hay una realidad tan familiar y cotidiana como la de cualquier otro. La mayoría escapa al tópico del policía –no lo parecen y es fácil simpatizar con ellos– y, de paisanos, podrían comprar cocaína a cualquier camello sin que éste advirtiera a tiempo estar vendiéndole el alma al diablo.

Me imagino en el lugar de ellos, ya que voy a ir a ocuparlo también yo esta noche, como uno más, sin restricciones, expuesto, física y mentalmente, a lo que surja. Paco mira una carpeta y me cuenta que, tras una breve reunión con el grupo, el fotógrafo y yo saldremos con él y con Fernando en un coche. Entonces llega este último y Paco me lo presenta.

Fernando tiene 38 años y lleva 16 en la Policía. Roza el metro noventa y es evidente que no abandona el gimnasio. Viste vaqueros, cazadora y zapatillas; noches después lo vería de uniforme. No parece en absoluto un policía, pero, en cuanto sabes que lo es, te cuesta entender que no lo advirtieras antes. Eso le ha permitido, y aún hoy le permite, trabajar de infiltrado. De un modo u otro, uniformado o no, impone respeto. Carece de rango –es sólo policía de base–, pero no le falta autoridad. Sus compañeros y sus jefes ven en él un referente por su amplia experiencia. Pasó por Vigo y, en los 90, por el País Vasco protegiendo a ministros y a otras personalidades amenazadas por ETA. Más tarde llegó a Madrid, donde trabajó varios años de incógnito en asuntos de narcotráfico y pasó otros siete en la unidad de motos. Allí conoció a Paco y, desde junio pasado, están juntos aquí.

Montados en un Volvo gris de `paisano´, el fotógrafo y yo asistimos, apenas salir del complejo policial de Moratalaz, a lo que llaman `prevención activa´: anticipar, por sospecha, la actividad delictiva y no limitarse a esperar que surja ni confiar en que la sola presencia policial disuada a los delincuentes. Vamos por la M-30; Fernando conduce; Paco dirige, escuchando en todo momento la emisora interna. «Aquél lleva prisa, ¿no? Veamos por qué.» Fernando sigue el rastro a un A4 negro de cristales oscuros. Mientras, Paco pasa por radio la matrícula del coche. En menos de un minuto le informan de que no es robado.

Podía haberse tratado de un alunicero, el perfil de delincuentes más efectivo y difícil de pillar cuando dan sus palos y alcanzan una vía de escape amplia. «Buscan con desesperación las avenidas y la M-30 o la M-40 siempre, a ser posible, en dirección Barajas», cuenta Fernando. «Como no los pilles antes, los pierdes.» Los coches de la Policía –tanto estos Volvo como los Picasso– no superan los 180 kilómetros hora, y los aluniceros llevan buenos vehículos. «Van a más de 220. Los ves irse delante de ti y te mueres de impotencia.» Matías, el fotógrafo, pregunta por qué en dirección Barajas. «Para escapar del Cóndor, un helicóptero de la Policía que nos ayuda en las persecuciones y que, al acercarse a Barajas, debe frenar porque entra en el espacio aéreo.»

Un par de horas más tarde, tras reunirnos con otros siete subgrupos en Usera, uno de los centauros de paisano describe cómo es el garito que van a `reventar´ y cuánta gente hay dentro. Paco indica el orden de llegada de los coches, de cuyos maleteros sus hombres sacan ahora los cascos. En adelante, todo sucede en segundos. Llegamos a toda velocidad, y a una aún mayor bajamos y entramos al local con firmeza, aunque ya sin prisa. El silencio se solidifica en el ambiente. Uno de los centauros dice: «Buenas noches, permanezcan en sus lugares. Es sólo un control de rutina. Cuanto más rápido lo hagamos, mejor para todos». Los policías ya se han situado estratégicamente y uno de ellos recoge la documentación de los presentes. En un sector despejado piden a los hombres que vacíen sus bolsillos sobre una mesa para después cachearlos. Alicia, la única mujer del grupo, hace lo mismo con las mujeres. El trámite es largo y algunos preguntan si ha habido denuncias. La Policía reitera que es sólo un control de rutina.

Salgo a la calle. Sobre el capó de un coche, dos centauros pasan los nombres por radio para averiguar antecedentes. La calle está cortada, y un vecino, un hombre de más de 50, pregunta qué ha ocurrido. La respuesta lo decepciona. «¿Cuándo haréis algo con este sitio? Estamos hartos del ruido, de las peleas; es todas las noches lo mismo.» La Policía le responde que debe llamar cuando estén sucediendo los hechos y hacer las denuncias correspondientes. Otros suramericanos que pasan por aquí se enzarzan de pronto en una discusión con el hombre, que dice: «Estamos hartos de esta gentuza». «Oiga, un poco de respeto.» «Vosotros sois los que no respetáis nada. ¿Por qué no os volvéis de una vez a las aldeas andinas de las que habéis venido, incultos?» «Será porque vosotros nos habéis ido a robar todo y a matarnos. Tú no eres más que un hijo de moro.» Sólo la presencia de los centauros impide que la cosa vaya a más. Al cabo de la redada no hay detenidos. «Todos, limpios», concluyen. Agradecen la atención y nos vamos.

«Madrid tiene esto –me explicaba Juan Carlos, un subinspector del grupo–. Está tranquila durante horas hasta que cuando menos lo esperas se arma una gorda.» Los hechos no tardan en avalarlo. Todo ocurre de pronto, en un instante. Oímos por la radio que un Renault Clio blanco huye por la M-30 en dirección Alcobendas tras haber hecho maniobras extrañas en Casa de Campo y negarse al alto de la Policía. «Joder –dice Paco–, los tenemos a tiro.» Estamos a un paso del acceso a la M-30 por Marqués de Vadillo. Fernando gira y salimos a toda velocidad por General Ricardos. Paco saca el brazo por su ventanilla y coloca el lanzadestellos sobre el techo del coche. El fotógrafo y yo vamos de un lado a otro en el asiento trasero: Fernando conduce con cinematográfica destreza, esquivando coches. Algunos no se enteran de que venimos detrás.

«Ponme música, Paco.» La sirena comienza a sonar. Al llegar a la M-30, las obras nos impiden el acceso directo. «Joder, son ésos.» Desde arriba, a sólo 20 metros, vemos pasar el Clio con tres individuos dentro. Lo siguen una, dos, tres patrullas. Fernando se mete en sentido contrario por el único acceso a ese carril de la M-30 y nos sumamos a la persecución. En pocos segundos volamos sobre el pavimento. Vamos al menos a 160 kilómetros por hora y pronto alcanzamos la primera de las patrullas, que nos da el paso. Por la radio siguen transmitiendo la ubicación del coche en fuga.

Esquivamos otros dos vehículos y ya estamos ante una segunda patrulla. «Hazte a un lado –dice Fernando–; venga, éstos no se nos van.» El segundo Zeta nos reconoce y también se abre cuando escuchamos por la emisora la palabra `accidente´. Fernando baja la velocidad y a los pocos metros vemos destrozada la patrulla que nos quedaba por delante, con el airbag activado y, más allá, el Clio blanco también siniestrado. Entre ambos, milagrosamente intacto, un coche particular a cuyo volante el conductor observa la escena sin terminar de creérsela. Bajamos todos mientras los tres sospechosos saltan una valla y huyen a la carrera, perseguidos por Juan Carlos, un subinspector, y otros centauros.

Fernando ha bajado con la escopeta recortada, se aleja de nosotros y trepa a la valla. Se escuchan unos disparos, no sabemos de dónde vienen, y nos protegemos tras el Volvo cuando vemos venir a Fernando. «Subid, subid al coche.» Gira y salimos nuevamente en sentido contrario por la M-30 hacia Marqués de Vadillo. Los coches nos ven venir y nos esquivan. Por la emisora reiteran que los delincuentes huyen hacia el norte. En pocos segundos cogemos la salida, luego la glorieta y al fin la calle desde la cual vemos, a 200 metros, un patrullero. Junto a él, varios policías han logrado reducir ya, tras una pelea, a dos de los delincuentes. Hay cuatro policías heridos. Fernando y otros dos centauros descubren al tercero a 50 metros, escondido bajo un coche. «Fernando comunica por la emisora: `Hemos hecho un hat trick. Tres de tres´.» Dos de ellos con antecedentes penales. Pero como no los han pillado con nada encima, es posible que lo hayan tirado, hoy, a estas horas, cuando usted está leyendo este reportaje, estarán libres.

«Sí –reconoce Paco–, pillar cinco veces a una misma persona en poco tiempo desanima, y eso nos ocurre continuamente: vemos más delincuentes volviendo a la calle que entrando a prisión, no por delitos violentos, que sí acaban en la cárcel, sino por éstos, llamados `gratuitos´, que no implican violencia contra otra persona, pero que afectan mucho a la sensación de seguridad, ya que causan una gran alarma social. Algunas leyes deberían ser más duras con la gente de reincidencia delictiva elevada. Las penas deberían ser disuasorias. Si no, esta gente siente que el peso de la ley no es tal y asume el riesgo de una condena porque el beneficio del hecho delictivo le compensa.»

No es la única contradicción que uno advierte por parte del Estado. Un policía nacional que, como éstos, se juega a diario el tipo gana unos 1.400 euros mensuales; un policía municipal de Madrid, con un nivel más bajo de exposición y competencias, roza los 2.000. Fernando, como otros muchos compañeros, tiene un segundo empleo y no ascendió de rango por elección. «No me compensa ponerme a estudiar para opositar y ganar sólo 20.000 pelas más. Con mi otro trabajo saco más. Y con estos sueldos, si la mujer de uno no trabaja, una familia no vive.»

Las mejores ofertas del sector privado ante sueldos tan proporcionalmente bajos para el riesgo que encierra esta profesión han tentado incluso al creador de los Centauros, el ex jefe superior de la Policía de Madrid, Miguel Ángel Fernández Rancaño, que ha dejado este Cuerpo para convertirse en jefe de seguridad de La Caixa.

Últimas horas del servicio.Entramos en la Casa de Campo. Las prostitutas –o según Fernando, las mujeres prostituidas, «el 90 por ciento de ellas está bajo presión»– subrayan lo poco que `canta´ el coche. Se acercan a ofrecerse y sólo entonces descubren a Paco uniformado. Los centauros no se preocupan por las mujeres; sólo por los coches que pasan por el carril contrario. No sería la primera vez que pillan algún chulo vinculado a la trata. Entonces sucede: al unísono, los dos dicen «ése». Un Seat claro con dos personas a bordo. Damos la vuelta, cogemos el sentido contrario y adelantamos coches hasta alcanzarlo. Paco, arma en mano, le indica al conductor que se detenga. En segundos, los centauros están fuera, encañonándolos. «¡Las manos delante, las manos delante! ¡Donde las pueda ver, coño!» Ambos repiten gritando esta misma orden. Se suman ahora dos policías de la Casa de Campo, los Zodiacos, y ayudan a requisar el coche y a cachear a los detenidos. Las noticias llegan por la radio. Al parecer, uno de los detenidos, marroquí, está en busca y captura por un delito en Ceuta. Dudan: en la fotografía de los antecedentes lleva un esparadrapo en el mentón. Uno de ellos le ilumina la cara con la linterna. «Bingo. Tiene un corte en el mentón.»

«Tú nunca sabes a quién paras ni si va armado –dice Fernando–. Aquí no puedes pedir permiso. Prefiero pedir disculpas.» Les pregunto por qué coincidieron en marcar ese coche. «No sé –me cuenta Paco–. Lo ves. A veces voy de paisano, en familia, y reconozco quién es un chorizo y, fíjate, él también sabe que soy policía.» Paco es hijo de policías y, desde niño, su familia quiso disuadirlo de que siguiera la tradición familiar. «Pero si ésta es tu vocación, no hay quien te frene. Y no me arrepiento. Ésta es una de las profesiones más bonitas que hay.»

Fernando, en cambio, jamás se había planteado serlo. «Qué va. Me metí en el Cuerpo incluso sin ganas. Mi padre me dijo: `Échate esto, a ver qué sale´, pensando en un trabajo estable para mí. Me preparé en dos meses, lo hice y aquí estoy. Al final es un vicio: te va el trabajar en esto, el salir a la calle, el tratar con los malos… Yo vuelvo siempre encantado a casa y me siento bien al levantarme. Y al acostarme, mejor aún porque tengo claro que he hecho cuanto estaba en mis manos. Nunca digo: `Uf, hoy no hago nada´. Puedes no estar motivado algún día, pero aquí espabilas rápido.»

Es tarde y ya vamos de recogida. Les pregunto qué hacen ahora al volver a casa. «Yo –dice Fernando–: mi desayunito, la tele, un vistazo al periódico y doy vueltas un rato. Lo que no hago es contar nada a mi chica. No dices: `Buah… Menuda persecución… Pa´ habernos matado…´ Le digo que todo estupendo, como siempre. Si no, la vuelves loca.» Paco también calla, pero su plan es otro. «Compro el chocolate, las porras, llego, despierto a todos y hago un desayuno familiar. Ya que no hemos cenado juntos, al menos desayunamos a la vez. Y ya, después, sí, me echo a dormir tranquilo.»