
- Unido
- 18 Feb 2008
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«Todo mi afán era aferrarme a la vida, no dormirme; si me duermo, me muero, pensaba»
«Todo mi afán era aferrarme a la vida, no dormirme; si me duermo, me muero, pensaba y me repetía a mí mismo».
Seis días después de que un atracador lo pusiera al borde de la muerte de un disparo en el abdomen, por la mente del inspector jefe Jesús Gómez Palacios vuelve a pasar la película de aquella infausta tarde en la que una simple compra de chacinas junto a su esposa se convirtió en una tragedia personal, «en la que, gracias a Dios, sólo nos vimos implicados el atracador y yo, porque con aquella pistola podían haber resultado heridas muchas personas. Porque no se trata sólo de las ocho balas que una parabellum tiene en el cargador, sino que un simple rebote puede ser mortal. Allí podía haber pasado de todo».
Felizmente fuera de peligro y recuperándose de una manera sorprendente, el inspector no ha perdido el sentido del humor que lo ha caracterizado siempre. Y desde el sillón en el que el goteo transmite a sus venas un antibiótico, aún tiene ganas de broma para recordarle al periodista que esa misma tarde habían mantenido una conversación telefónica cuando él aún se encontraba en la estación de Atocha, a pie de AVE. «Fíjate, habíamos hablado un rato antes y no hacía ni hora y media que había llegado de las clases del curso de comisario... Y eso es lo que yo me preguntaba cuando estaba allí, en el suelo, con el tiro en la barriga esperando que llegara el cero sesenta y uno: ¿cuatro años opositando a comisario y ahora que apruebo, ésto? De eso, nada, tengo que resistir».
«Y ese era todo mi afán, aferrarme a la vida —cuenta— y sobre todo no dormirme, porque pensaba que si me dormía, me moría».
Fue el mismo inspector quien, gravemente herido, hizo la primera llamada al 112 para informar de lo que había ocurrido. «Eran exactamente las ocho y diecinueve minutos. Llamé yo y luego le pasé el teléfono a mi mujer».
Hacía apenas un instante que se había producido el enfrentamiento en el supermercado. El delincuente había visto la placa de policía del inspector y se volvió hacia él.
«Yo sabía que aquella pistola no era chunga, sino buena. La reconocí inmediatamente. Era un nueve milímetros de las que nosotros teníamos antes. Y vi que al reconocerme como policía iba a por mí. Forcejeamos y apretó el gatillo. Oí el disparo y sentí un tremendo dolor, y luego una quemazón inmensa, como si me hubieran metido un hierro al rojo».
El inspector repelió la agresión con su pequeño revólver. Pero no fue suficiente. «Mientras el atracador caía, volvió a apuntar y disparó una segunda vez. No me quedó otro remedio que volver a disparar».
Afortunadamente aquel segundo disparo no alcanzó al policía, que incluso llegó a salir herido a la calle porque había visto la moto de los atracadores y temía que allí estuviera el colega del que había entrado en el supermercado.
«No se me va de la cabeza que, cuando salí, todavía estaba allí, pero no pude verlo».
Jesús Gómez entró entonces en el establecimiento y quedó encogido de dolor. «Cuando me quité la mano del sitio donde había sentido aquel dolor punzante, vi la sangre y supe que me había dado. Y también sabía que un tiro en la barriga es mortal. Y todavía peor, cuando los sanitarios me dijeron que tenía dos orificios de bala me vi ya muerto. Pero cuando me dieron la vuelta y dijeron que no había orificios de salida, comprendí que era un solo tiro y me tranquilicé algo».
Hasta que llegaron los sanitarios, Jesús Gómez estuvo tendido en el suelo, «mirando al cielo». «Mi mujer —recuerda— me puso un abrigo debajo de la cabeza y allí esperé sin quitarme la mano de la herida. No perdí el conocimiento en ningún momento, porque sabía que me moría. Y pensaba que de mi mujer me iba a poder despedir porque estaba allí, y de mi hija pequeña también, pero los otros dos estaban fuera de Sevilla...».
Jesús Gómez Palacios mantuvo el conocimiento hasta que entró en el quirófano. Locuaz por naturaleza, incluso en la camilla contaba una y otra vez los detalles que recordaba del asalto. «Desde entonces he pensado dos mil veces en aquel momento, y sigo teniéndolo claro. Tal y como se desarrolló todo, allí no podían ocurrir más que dos cosas, que el atracador o yo resultáramos heridos o muertos, o que hubiera muchas personas más heridas. Y pasó lo que pasó».
El tiempo transcurrido desde aquella tarde no ha hecho cambiar un ápice la perspectiva que el inspector Gómez Palacios tiene de lo que ocurrió en el supermercado, «pero lo que sí tengo claro —dice— es que, a partir de ahora, mi visión de la vida va a ser muy distinta y la voy a disfrutar con mi familia y mis amigos de un manera mucho más intensa. Lo que ha pasado, necesariamente, te cambia».
:bravo: por él
«Todo mi afán era aferrarme a la vida, no dormirme; si me duermo, me muero, pensaba y me repetía a mí mismo».
Seis días después de que un atracador lo pusiera al borde de la muerte de un disparo en el abdomen, por la mente del inspector jefe Jesús Gómez Palacios vuelve a pasar la película de aquella infausta tarde en la que una simple compra de chacinas junto a su esposa se convirtió en una tragedia personal, «en la que, gracias a Dios, sólo nos vimos implicados el atracador y yo, porque con aquella pistola podían haber resultado heridas muchas personas. Porque no se trata sólo de las ocho balas que una parabellum tiene en el cargador, sino que un simple rebote puede ser mortal. Allí podía haber pasado de todo».
Felizmente fuera de peligro y recuperándose de una manera sorprendente, el inspector no ha perdido el sentido del humor que lo ha caracterizado siempre. Y desde el sillón en el que el goteo transmite a sus venas un antibiótico, aún tiene ganas de broma para recordarle al periodista que esa misma tarde habían mantenido una conversación telefónica cuando él aún se encontraba en la estación de Atocha, a pie de AVE. «Fíjate, habíamos hablado un rato antes y no hacía ni hora y media que había llegado de las clases del curso de comisario... Y eso es lo que yo me preguntaba cuando estaba allí, en el suelo, con el tiro en la barriga esperando que llegara el cero sesenta y uno: ¿cuatro años opositando a comisario y ahora que apruebo, ésto? De eso, nada, tengo que resistir».
«Y ese era todo mi afán, aferrarme a la vida —cuenta— y sobre todo no dormirme, porque pensaba que si me dormía, me moría».
Fue el mismo inspector quien, gravemente herido, hizo la primera llamada al 112 para informar de lo que había ocurrido. «Eran exactamente las ocho y diecinueve minutos. Llamé yo y luego le pasé el teléfono a mi mujer».
Hacía apenas un instante que se había producido el enfrentamiento en el supermercado. El delincuente había visto la placa de policía del inspector y se volvió hacia él.
«Yo sabía que aquella pistola no era chunga, sino buena. La reconocí inmediatamente. Era un nueve milímetros de las que nosotros teníamos antes. Y vi que al reconocerme como policía iba a por mí. Forcejeamos y apretó el gatillo. Oí el disparo y sentí un tremendo dolor, y luego una quemazón inmensa, como si me hubieran metido un hierro al rojo».
El inspector repelió la agresión con su pequeño revólver. Pero no fue suficiente. «Mientras el atracador caía, volvió a apuntar y disparó una segunda vez. No me quedó otro remedio que volver a disparar».
Afortunadamente aquel segundo disparo no alcanzó al policía, que incluso llegó a salir herido a la calle porque había visto la moto de los atracadores y temía que allí estuviera el colega del que había entrado en el supermercado.
«No se me va de la cabeza que, cuando salí, todavía estaba allí, pero no pude verlo».
Jesús Gómez entró entonces en el establecimiento y quedó encogido de dolor. «Cuando me quité la mano del sitio donde había sentido aquel dolor punzante, vi la sangre y supe que me había dado. Y también sabía que un tiro en la barriga es mortal. Y todavía peor, cuando los sanitarios me dijeron que tenía dos orificios de bala me vi ya muerto. Pero cuando me dieron la vuelta y dijeron que no había orificios de salida, comprendí que era un solo tiro y me tranquilicé algo».
Hasta que llegaron los sanitarios, Jesús Gómez estuvo tendido en el suelo, «mirando al cielo». «Mi mujer —recuerda— me puso un abrigo debajo de la cabeza y allí esperé sin quitarme la mano de la herida. No perdí el conocimiento en ningún momento, porque sabía que me moría. Y pensaba que de mi mujer me iba a poder despedir porque estaba allí, y de mi hija pequeña también, pero los otros dos estaban fuera de Sevilla...».
Jesús Gómez Palacios mantuvo el conocimiento hasta que entró en el quirófano. Locuaz por naturaleza, incluso en la camilla contaba una y otra vez los detalles que recordaba del asalto. «Desde entonces he pensado dos mil veces en aquel momento, y sigo teniéndolo claro. Tal y como se desarrolló todo, allí no podían ocurrir más que dos cosas, que el atracador o yo resultáramos heridos o muertos, o que hubiera muchas personas más heridas. Y pasó lo que pasó».
El tiempo transcurrido desde aquella tarde no ha hecho cambiar un ápice la perspectiva que el inspector Gómez Palacios tiene de lo que ocurrió en el supermercado, «pero lo que sí tengo claro —dice— es que, a partir de ahora, mi visión de la vida va a ser muy distinta y la voy a disfrutar con mi familia y mis amigos de un manera mucho más intensa. Lo que ha pasado, necesariamente, te cambia».
:bravo: por él




